Supongo que he olvidado cómo ver los colores de la vida.
Hoy he notado un interesante tono amarillo, amplificado por mis lentes, y gracias a ese detalle en el ambiente pude empezar a observar más. Después del amarillo, noté el verdor de las hojas perpetuamente vivas del árbol de al frente.
Justo tras ver el verde, me fijé en las hojas y sus formas, y por último descubrí las ramas escondidas entre la densidad de ese verdor. En medio de ese mar verde también hay algunas hojas amarillas; mientras más observo, más encuentro.
Es increíble ver cómo las sombras se proyectan a través de los espacios abiertos dentro del árbol, como si este hubiera creado habitaciones con ventanas desde donde los curiosos pueden mirar el interior.
Veo una rama gruesa de un color marrón oscuro, pero tiene una sombra que le da una profundidad y una personalidad increíbles; se ve tan limpia que no parece real, sino más bien una escultura.
Me he acercado a la ventana para ver mejor el árbol y me he sorprendido: desde donde estaba antes, la copa lo cubría todo, pero al acercarme, dejó de verse tan imponente. Ahora puedo ver su tronco principal, que parece estar dividido en dos, y todas sus ramas y familias de hojas, que se ven tan distintas en color y forma que el motivo por el que me acerqué fue porque creí que eran varios árboles en el mismo lugar.
Hay tantas cosas que observar y que, normalmente, no veo.