En el crepúsculo de la infancia, mi sed de saber era un incendio blanco, una devoción que confundía la acumulación de verdades con el peso de la alegría. Creía que poseer el mundo en conceptos me haría invulnerable.
Pero los años no traen sabiduría, sino erosión. La curiosidad, esa vieja amante traicionera, cobró su diezmo en la moneda de la cordura. Crucé un umbral de sombras donde las leyes del hombre se vuelven niebla, y ahora, en este frío silencio, me pregunto: ¿en qué momento exacto se desprende la piel de la inocencia? ¿Cuándo dejas de ser un niño que observa las estrellas para convertirte en el cadáver de un gato, sacrificado en el altar de un secreto que nunca debió ser desenterrado?