Me detuve a unos metros de ella.
—¿Te divertiste huyendo y haciéndome perder los estribos? —dije al fin, con la voz más baja de lo que pretendía. No era un reclamo limpio; era un borde afilado.
Audrey giró el rostro hacia mí despacio. No se levantó. No retrocedió. Me sostuvo la mirada con esa quietud peligrosa que solo aparece cuando alguien ya no tiene nada que proteger.
—¿Viniste a buscar a tu fichita favorita? —replicó.
La palabra me golpeó. Fichita. Pequeña. Intercambiable. Sentí cómo algo se tensaba detrás de mis costillas.
—¿Audrey, de qué hablas? —pregunté, y por primera vez mi voz no salió firme. Sonó controlada, sí, pero había algo debajo, una grieta apenas perceptible.
Ella soltó una risa baja, incrédula, y negó con la cabeza.
—No te hagas —dijo—. No ahora. No conmigo.
Se levantó ligeramente, despegándose de la arena cálida. Dio un paso hacia mí, suficiente para abolir la frontera de nuestro espacio.
—Hablas de mí como si fuera una variable más —continuó—. Algo que se mueve de un punto a otro según te convenga. “Mientras Audrey esté aquí, él va a cumplir”. ¿Te suena?
Sentí el impacto físico de la frase. No porque no la hubiera dicho, sino porque escucharla en su voz la volvía irreconocible. Más cruda. Más sucia.
—Eso no es lo que quise decir, tampoco lo vas a entender —respondí, aunque sabía que sonaba a excusa incluso antes de terminar la frase.
Audrey apretó los labios. No por contención, sino por decepción.
—Claro —dijo—. Porque entender implicaría que me lo explicaras. Y explicarlo implicaría asumirlo.
—Audrey, no vamos a aclarar esto aquí… —dije al fin, forzando calma donde ya no la había—. Por favor. Ve al coche. En el hotel discutimos esto como corresponde.
—No —respondió—. No quiero pasar ni medio segundo más a tu lado.
—Audrey… —mi voz salió más baja—. Somos adultos. Por favor. Luego aclaramos esto.
—¿Aclarar qué? —preguntó—. Yo no necesito aclarar nada, Thiago. Con lo que dijiste quedó todo claro. Absolutamente todo.