Lo peor de todo es que, cuando empecé a encontrarme mejor, quise regresar antes, pero entonces falleció mi abuela. Como si la vida se riera de mí. Honestamente no fue tan duro: era mayor y era parte de la vida; se marchó tranquila, amada y respetada. Pero me hizo recordar que mi padre no. Él no quería irse, pero sabía que no podía quedarse. Y su mirada de disculpa, esa última que me lanzó, como si pidiera perdón por dejarnos, se quedó grabada en mí.
Sin embargo, llegué a un punto en el que tuve que parar, porque sentía que me estaba hundiendo en arenas movedizas y que me estaban robando el aire. Era como si un puñetazo invisible me golpeara el estómago para hacerme reaccionar.
Fue un proceso doloroso, honestamente. A día de hoy sigue siéndolo. El dolor no se va; tienes que aceptar que vas a vivir con él el resto de tu vida. Pero con ayuda, paciencia y voluntad estoy caminando más ligera. Más viva. Pasaron de estar con nosotros a estar en nosotros, y tenemos el privilegio de seguir hablando de ellos, de que sigan siendo recordados con amor y cariño, aunque su ausencia se note.