A veces me descubro pensando en mi yo adolescente… esa versión de mí que escribía sin miedo, sin filtros y con una pasión casi descarada por las historias intensas, dramáticas y sí, un tanto cuestionables. Especialmente esas tramas de parejas que se hacían pedazos, que se amaban con violencia emocional, que se hundían y resurgían en cada capítulo.
Era una etapa donde el drama me corría por las venas y cada historia era una explosión de emociones desbordadas.
Hoy, desde un lugar más adulto y consciente, veo esas historias con otros ojos. Ya no soy la misma que las escribía… pero tampoco quiero negar que disfrutaba esa libertad creativa, esa adrenalina, ese impulso de explorar lo oscuro solo porque sí. Es parte de mi historia como creadora y, aunque mis temas hayan evolucionado, hay días en los que extraño esa chispa.
No porque quiera volver a romantizar la violencia —hoy sé muy bien que las cosas no funcionan así— sino porque extraño esa energía creativa sin límites, esa emoción de aventarme a escribir algo intenso sin pensarlo demasiado.
Así que si algún día ves que regreso a esos estilos, será desde otro lugar: con más responsabilidad, más madurez… pero también con la misma pasión de antes. Porque crecer no significa dejar de escribir lo que nos marcó, sino aprender a transformarlo.
Gracias por acompañarme en todas mis etapas —las caóticas, las dulces, las nostálgicas y las que aún no llegan—.
Sigo aquí, escribiendo porque amo hacerlo, y espero que sigamos creciendo juntos.