La llanura estaba cubierta de cosechas. Había muchos vergeles y, en el horizonte,
las montañas se destacaban pardas y desnudas. En ellas, todavía se combatía y, al
atardecer, veíamos los relámpagos de verano; sin embargo, las noches eran frescas
y no se tenía la impresión de que amenazara tempestad.