Todos hemos perdido algo alguna vez, y con “algo” no me refiero precisamente a cosas materiales. No obstante, a veces duele más el hecho de perderlo, que lo que se pierde en sí. Le abordan los pensamientos, la introspección y los “hubiera”... Pero de nada sirve. Y si toma acción puede que el desenlace no sea el que esperaba, e incluso sus propias decisiones le pueden sorprender. Se ve envuelto de repente en una maraña de situaciones que brotan de lo insano, de la oscuridad, de ese lugar en el que no es conveniente estar mucho tiempo a solas. Se atrapa en un bucle, en un vicio, en un pequeño infierno donde usted mismo es el verdugo. Y, siendo así, puede condenarse a una eternidad de lamentos y autodestrucción. Claro que también está la otra “opción”, puede tomarla si gusta, si es que la escasez de raciocinio no le nubla la vista.
Con este relato he decidido revivir la cuenta. Han sido años de pura poesía y se requiere en ocasiones descansar de ella (aunque no mucho tiempo), supongo. Este cuentito es parte de un libro nuevo de relatos cortos en el que actualmente trabajo y del que llevo ya 3 escritos terminados de 15 que serán en total. En fin, espero que le dé usted una oportunidad y siéntase libre de comentar y compartir su opinión por acá. Abrazos.
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