—Lo sé… Soy tan patético —murmuró él, con la voz rota.
La hermana sintió cómo se le revolvía el estómago. Ahí estaba otra vez esa maldita sonrisa, intentando fingir que no estaba destrozado. Pero sus ojos lo delataban: apagados, vacíos, llenos de una vergüenza que le retorcía las entrañas.
Él se tocó la mejilla con mano temblorosa, como si todavía pudiera sentir el contacto de esa mujer sobre su piel.
—Aun sabiendo que nunca ibas a llegar… yo solo quería que vinieras a salvarme.
Las lágrimas le corrieron por la cara sin control. Ya no intentó esconderlas.
La hermana sintió una oleada de rabia tan fuerte que le temblaron las manos. Rabia hacia esa mujer. Rabia hacia sí misma por no haber estado ahí. Culpa por no haberlo protegido. Su hermanito. El que había cuidado desde pequeño. Roto. Humillado. Asqueado de su propio cuerpo.
Sabía que un abrazo no borraría nada de lo que le habían hecho. Que llegaba tarde. Pero era lo único que podía ofrecer en ese momento.
Lo abrazó con fuerza, casi con desesperación, como si al apretarlo contra su pecho pudiera impedir que siguiera rompiéndose.
—Lo siento… —susurró con la voz ahogada—. Lo siento tanto.