Lo más cansado no es el silencio ni la soledad, ya que suelen ser bienvenidos en mi casa, sino la pelea constante entre dos partes de mí: la que quiere pertenecer y la que sólo quiere esconderse en un rincón tranquilo donde no tenga que explicarse, reaccionar bien, acertar con el tono o medir cada gesto. Una parte tira hacia la orilla, y la otra me empuja al centro para que no parezca que estoy fuera del agua. Y vivir así, a medio camino entre el deseo de encajar y el alivio de desaparecer un poco, desgasta más de lo que parece desde fuera.
No sé si el problema es que no sé socializar, o que llevo tanto tiempo observándome hacerlo, fingiéndolo, que ya no puedo hacerlo sin sentirme torpe, artificial o fuera de sitio. No puedo evitar disociar al ver varios pares de ojos puestos en mí, expentantes. En sus mentes, sólo quieren oír lo que tengo que decir; en la mía, me siento juzgada y observada de una forma exageradamente incómoda, que me lleva a disociar y a contemplar esos momentos como si los viera desde fuera, quizás a través de una pantalla, como si yo realmente no estuviese allí.
Sólo sé que hay momentos en los que me siento extraña y desubicada, como si los huecos que pudiera llenar no se encontrasen a mi disposición.