Ambos subieron decididos al tren, hoy sería el día en el que por fin hablarían. Cruzarían el vagón para preguntar quienes eran.
En cuanto el castaño subió, buscó a su objetivo con la mirada; sus ojos ya sabían a donde ir ya que recordaba perfectamente sus asientos favoritos. Entonces, con la miraba puesta en la ventana y dejando salir un bostezo que chocaba contra el cristal, se encontraba el azabache.
Se detuvo brevemente ¿Podría hacerlo? ¿El azabache lo miraría? Él no era tan atractivo, lo más probable es que nunca llamaría su atención. ¿Qué si lo tomaba como un tonto? Iba a morir de la vergüenza como metiera la pata y para eso, él era un experto.
Antes de salir de su casa se había asegurado de estar presentable y decente, aquel cuidado en su apariencia le dio un poco más de valentía en ese momento.
Su mirada se dirigió a su derecha al notar que alguien tomaba asiento a su lado y entonces lo vio, frente a frente, el café de sus ojos brilló al toparse con aquellas verdes orbes que le devolvían la mirada. Entonces, el aire contenido en sus pulmones, salió de su cuerpo como un suspiro bastante audible para su acompañante.
Luego el castaño cerró con fuerza sus ojos volviendo su cabeza al frente, mientras se encogía de hombros, sintiéndose pequeño comenzando a temblar ligeramente; el azabache desviaba la mirada nuevamente hacía la ventana preguntándose donde había quedado el valor que aquella mañana juntó para poder hablarle.
Sus voces no salieron, solamente se escuchaba la charla de las personas en otros asientos y el traquetear del tren al continuar con su camino.
Así pasaron los días, por mucho que ambos se sentaran juntos o cerca, jamás habían tenido el valor para iniciar aquella tan anhelada charla y el silencio los acompañaba.
Y entonces ocurrió.