Chi Cheng lo empujó suavemente contra la pared, pero la intensidad en sus ojos decía todo.
—Wei… esta vez no pienso dejarte escapar.
Los labios de Chi Cheng rozaron apenas los de Wei, lento, provocador, hasta que la respiración de Wei se volvió entrecortada.
—¿Vas a seguir haciéndote el inocente? —susurró Chi Cheng, mientras sus manos recorrían su cintura, firmes pero posesivas.
Wei, con las mejillas encendidas y la voz temblorosa, solo pudo responder:
—Entonces… hazme tuyo de una vez.
Ese fue el final de la resistencia. La habitación se llenó de jadeos, de roces desesperados y de la entrega que ambos habían estado negando por demasiado tiempo.