—Qué elegante ceremonia, espero no haber interrumpido algo importante —la voz masculina retumbo en la sala, y unos ojos rojos se clavaron en los míos. No, no era él, esa mirada no era la suya, pero sí de uno de los suyos. Rubio de sensual sonrisa y de letal presencia: un vampiro. —¿No? Es bueno saber eso. Tranquilos, vengo en son de paz, si no pueden moverse, será temporal.
Apenas pronuncio esas palabras fue cuando fui consciente de que todos a mi alrededor estaban petrificados, consientes, pero sin poder mover un musculo, sin embargo yo sí que podía:
—¿Quién eres? —pregunte en un tono estridente, al tiempo que empuñaba dos bolas de luz en mis manos.
—Majestad —tuvo el cinismo de detenerse unos cuantos pasos para hacer una voluble reverencia—, una disculpa por irrumpir en su palacio, tengo un mensaje para usted, pero me temo que no puedo dárselo aquí. Debe acompañarme a un lugar.
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