El lector abrió la aplicación.
No había capítulo nuevo.
Cerró la aplicación.
La volvió a abrir.
No había capítulo nuevo.
Suspiró.
Diez meses.
Quizá nueve.
Seguro hoy.
Actualizó.
Nada.
Algo se sintió… raro.
Miró a su alrededor.
No estaba en su habitación. No estaba en ningún sitio concreto. El fondo era neutro, inmóvil, como si el mundo hubiera olvidado cargar texturas. Frente a él, a lo lejos, había alguien.
Quiso caminar hacia esa figura.
Dio un paso.
Y volvió a estar exactamente donde estaba.
—¿Eh…?
Se giró.
Detrás de él había otro lector.
Luego otro.
Luego otro más.
Todos con el mismo gesto.
La misma esperanza cansada.
El mismo “ya va a salir” atrapado en la garganta.
Giró otra vez.
Infinitas versiones de sí mismo lo rodeaban, repitiendo el gesto de actualizar, suspirar, esperar. Algunos parecían resignados. Otros seguían convencidos. Ninguno avanzaba.
La figura frente a él habló, con calma absoluta:
—Interesante, ¿no?
—Siempre crees que estás a punto de llegar.
El lector quiso gritar.
Quiso preguntar cuánto faltaba.
Quiso decir “esto ya no es gracioso”.
Nada ocurrió.
—Cada vez que pensaste que el capítulo salía… —continuó la voz—, el resultado fue el mismo.
—Esperar.
—Repetir.
—Esperar otra vez.
La figura levantó la mano. El aire se tensó, como si el mundo aceptara una regla nueva.
—Esto no es un retraso.
—Es una consecuencia.
Algo apareció detrás de él.
No caminó.
No atacó.
Simplemente existió.
Una presencia perfecta, definitiva.
—Esto… es Réquiem —dijo la figura—.
—Míralo bien.
El lector entendió.
No hoy.
No mañana.
No “la próxima semana”.
El capítulo siempre estaba a punto de salir…
y eso era exactamente un castigo.
Al volver a mirar hacia adelante, ya no estaba la figura.
Solo el botón de actualizar.
El lector parpadeó.
No había capítulo nuevo.