Hace unos momentos estaba haciendo ejercicios de salto en una habitación, hasta un momento en el que voltee a un espejo y vi un ligero bulto en mi camisa, mi torso. Aquella era una de las razones por las que me avergonzaba, y algo que hasta mis amigos no temían decirme (aunque ellos lo hicieran de manera inocente). Baje la mirada, topándome con la vista de mi abdomen y mis piernas, aquella gordura que me hizo despreciar mi cuerpo, sentir ese repudio tan familiar que dolía. Pasó en cuestión de segundos, y ni medio minuto después, ya estaba en lo mío, enfocada en la música de mis audifonos que por un momento pareció silenciarse. Luego tuve que ir a bañarme, y tras despojar las prendas sudadas de mi cuerpo, lo volví a ver, volvi a sentir la angustia que me hacía odiarme de nuevo, odiar mi complexión, mi altura, mi cabello, mi cara y cada centímetro de mi piel, sintiendo que mis capacidades no servían para nada; pero no podía durar mucho en el baño, así que solo me distraje. Y ahora me encuentro escribiendo esto, odiándome una vez más, repudiando este horrible cuerpo que no me obedece ni cambia aunque me esfuerce, solo me deja con dolor en las piernas por mis intentos fallidos de potenciar y mejorar lo único por lo que los demás me dan esperanza, mi salto. No crezco, no adelgazo, no me vuelvo más bonita, solo intento hacer de mi cuerpo algo con una mínima cosa buena, pero a su vez parece como si mi cuerpo buscase fastidiarme sin cambiar lo que tanto me aflige y que me obliga a intentar enfocarme en otras cosas, para aliviar estos pensamientos que no puedo expresar sin ser tomada en serio y sin que la voz se me atore en la garganta.
No hay momentos en los que me sienta bien conmigo, solo momentos donde me distraigo y lo olvido, donde no pienso en ello, pero no cambian mi doloroso sentir. Y escribir esto se sintió como un pequeño alivio, una excusa para dejar las lágrimas caer libres en silencio, opacadas por el sonido de las teclas, aunque me sea difícil admitirlo aquí.