El tiempo que no nos pertenece
El tiempo vuela,
y yo vuelo detrás de él,
con las manos vacías
y tu nombre pesándome en la piel.
Quisiera darte tardes,
noches enteras,
un mundo donde el reloj
no nos persiguiera.
Pero las horas me muerden,
me reclaman lo que les debo;
y mientras tú esperas mi presencia,
yo sigo perdiéndome en el tiempo.
Qué cruel es quererte así:
con ganas de quedarme
y obligaciones que me obligan a irme,
con un corazón que dice “te amo”
y una vida que responde “no puedo”.
No es que no quiera tus brazos,
es que no tengo tiempo para ellos.
No es que no quiera tus besos,
es que mis días se consumen antes de poder dártelos.
Y quizá eso sea lo más tóxico de nosotros:
que cuanto menos tiempo tengo,
más te necesito;
y cuanto más te necesito,
menos puedo darte.
Quisiera detener el reloj,
romper sus agujas,
hacer que cada segundo
fuera solamente nuestro.
Pero el tiempo no ama.
No espera.
No siente culpa.
Y mientras él vuela,
yo te pierdo lentamente,
no porque haya dejado de quererte,
sino porque nunca tuve
suficiente tiempo para hacerlo bien.