Hermione Granger descubrió que el amor podía esconderse detrás de palabras muy largas.
No lo llamaba amor. Eso sería ridículo.
Ella lo llamaba admiración académica.
Cassiopeia Weasley —la gemela de Ron, seleccionada para Slytherin contra todo pronóstico familiar— se sentaba tres filas delante en Encantamientos. Tenía el cabello rojo un poco más oscuro que el de su hermano y una calma peligrosa, como si pensara diez cosas antes de decir una sola.
Hermione, por supuesto, solo la observaba por motivos intelectuales.
Solo notaba cómo levantaba la mano con precisión perfecta.
Solo memorizaba exactamente qué palabras usaba para responder.
Solo recordaba que sujetaba más fuerte la pluma cuando dudaba.
Solo… Absolutamente solo… Sentía que el corazón le daba un salto extraño cuando Cassiopeia decía su nombre.
—Gracias, Granger —decía ella a veces, cuando Hermione le prestaba un pergamino.
Hermione asentía rápido.
—De nada. Es… Lógico compartir apuntes.
Y luego pasaba toda la tarde recordando el tono exacto de su voz.
En los pasillos, Hermione fingía que no la veía.
O mejor dicho: la veía primero que a nadie… Y luego miraba cualquier otra cosa.
Las armaduras. El techo. Un punto invisible en la pared.
Porque si Cassiopeia notaba cómo se le aceleraba el paso, cómo se le calentaban las orejas, cómo su estómago hacía magia sin varita… Todo se arruinaría.
Una Gryffindor enamorada de una Slytherin.
Una Weasley que no era como Ron, que no se reía tan fuerte, que observaba como una serpiente paciente.
Imposible. Complicado. Poco razonable.