Podría inventar mil excusas para explicar por qué dejé de escribir.
Decir que fue por los estudios, por la falta de tiempo, por las cosas de la vida.
Pero la verdad es que el motivo fue otro.
Siempre amé escribir.
Las letras tenían esa extraña forma de calmar el ruido dentro de mi cabeza, de ordenar mis pensamientos cuando todo parecía estar hecho un desastre, de abrazar mi ansiedad y hacerla callar por un momento.
Escribir era mi refugio.
Me escondía entre mundos que yo misma creaba, lugares perfectos que existían únicamente porque yo les había dado vida. Y, durante mucho tiempo, esos mundos fueron mi adoración.
Llegué a escribir alrededor de 23 obras.
Veintitrés historias que nunca vieron la luz, pero que alguna vez significaron un universo entero para mí.
Pensé muchas veces en regresar aquí.
Muchas.
Pero siempre encontraba una excusa para posponerlo.
Hasta que entendí que no era falta de tiempo.
Estuve enamorada.
Mucho… demasiado, quizá.
Me encantaría contar cada detalle, cada momento y cada parte de aquella historia, pero bastará decir que estar con él terminó siendo asfixiante. Me consumió por completo y terminó no solo rompiéndome a mí, sino a mi corazón.
Sigo sintiéndome vacía.
Entonces me pregunté:
¿cuál era ese lugar al que siempre podía volver?
Las letras.
No solamente leerlas.
No solamente escribirlas.
Las letras.
Porque siempre estuvieron ahí.
Esperándome en silencio, incluso cuando yo había dejado de buscarlas.
Así que… veamos qué viene en estos últimos meses.
No prometo regresar siendo la misma.
Quizá precisamente de eso se trata.
Solo les pido que me esperen un poquito más.
Déjenme volver a encontrarme, volver a ser yo y poco a poco, volver a poner mi corazón en esto.