Cumplí mi primera semana en Edimburgo.
Qué semana… aún no sé por dónde empezar.
Magia pura.
La vida cambió.
La vida, de pronto, es profundamente hermosa.
Amo el frío, amo este invierno que invita al descanso,
a la pausa lenta,
a vivir sin prisa,
a soltar la culpa.
Es todo lo que pedí.
Y es extraño —y hermoso— sentir que cada deseo gritado y llorado al cielo
se ha ido cumpliendo, uno a uno.
Algunos dirán que es un milagro,
que es un regalo,
que es suerte.
Pero no.
Es trabajo.
Es un camino largo, sobre todo mental,
hasta reunir el valor,
hasta sentir la fuerza del cambio
y decir, al fin: BASTA.
Ya no quería más rutina,
ni perder el tiempo limpiando,
ni habitar días llenos de cosas que no quería hacer.
Lo material pesaba,
y hoy, ya no.
Ahora hay tiempo.
Tiempo para escribir,
para reflexionar,
para detenerme,
para caminar sin destino,
leer sin reloj,
vivir sin alarmas.
Solo fluir.
Pero fluir de verdad.
Es un regalo poder sentarme a escribir,
ordenar mis fotos,
y mirar la semana que pasó
con calma,
con gratitud,
con amor.