*Se viene*
El aire cálido se moldeaba a su alrededor, denso y lánguido, adhiriéndose a la piel y a su ropa como si intentara mantenerlos atados a la tierra. El sol presionaba las columnas rocosas, suave y bajo, aplastándose contra el mundo en un último instante de gloria antes de desvanecerse. Una neblina de polen flotaba perezosamente en la luz ámbar, suspendida en la quietud. Desde los árboles raquíticos que crecían entre las rocas, las cigarras cantaban con un chirrido incesante, pulsando a través del crepúsculo.
Laurel estaba junto a Severus, sus dedos entrelazados con los de él, ambos en silencio mientras contemplaban el extraño y antiguo paisaje de Capadocia desde una colina. Las chimeneas de hadas se extendían como agujas de piedra hacia el cielo, algunas puntiagudas, otras nudosas, sus formas moldeadas por el viento y el tiempo.
—Es precioso —murmuró Laurel, apoyando su cabeza sobre el hombro de Severus. —Quisiera que esta luna de miel no terminara nunca.
—Para mí, Laurel, cada día contigo es como una luna de miel. No necesito de atardeceres ni decoraciones para notarlo.