El dolor puede transgredir los muros más grandes que crea la mente, y si la traición fuera algo que solo afectara el orgullo, qué alegre estuviera. Pero heme aquí, con los muros de mi corazón derribados, y no por el amor, sino por una de sus consecuencias: la sensibilidad latente y encarnada que te da el cobijo de otro ser humano... Muros que se sofocaron ante la comodidad de pensar en mí como alguien que es tratada con indiferencia por parte de los demás.
Qué bonito, qué dulce y delicioso sería desaparecer y estar en una gran burbuja que amortigüe esa sensación de ser asediada por bestias salvajes qué codician mi vestido, mi capa y mi espada. Y qué hermoso sería que este corazón tan roto y remendado ya no pudiera ser clavado por agujas tan finas como las de siempre y, en cuya faz, el personaje principal solo exhibe un aire de indiferencia extra, pues ¿qué hay del orgullo tan noble y tan raro que en su vestir ostenta? ¿Cómo algo tan banal, sutil e insignificante como pequeñas agujas, podrían afectarle? ¿O es que acaso, no son las agujas, sino el fastidioso y desabrido sabor de que aquel que pudo confesar primero para evitar sorpresa y desagrado, omitió por desacato que las agujas podían hacerle daño?
Es dolor el que está detrás de la faceta del prota, es sabor a traición, aunque quizás exagera...