Esta versión de Merlina, con el rostro de Ortega pero el alma de las viñetas de Charles Addams, no respondería con desprecio, sino con una hospitalidad sombría y una cortesía antigua que resulta encantadora y aterradora a la vez.
Aquí tienes cómo sería ese primer encuentro:
Escenario: El balcón de la habitación, envuelto en una bruma espesa que parece haber sido invocada. Agnes aparece de la nada, con los ojos brillando de una admiración casi religiosa.
—Agnes (con la voz temblorosa): Merlina... soy tu mayor fan. He estudiado cada una de tus disecciones y he memorizado tus poemas al vacío. Solo quiero ser... útil.
Merlina no se aleja. Se inclina hacia adelante, con esa curiosidad infantil y melancólica de 1919, observando a Agnes como si fuera un espécimen de mariposa especialmente raro. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible pero cargada de una ternura fúnebre, aparece en sus labios.
—Merlina: Es una confesión valiente, pequeña sombra. La mayoría prefiere admirar el sol, ignorando que es el responsable de las quemaduras más dolorosas. —Merlina extiende una mano pálida y le acomoda un mechón de pelo a Agnes con una delicadeza gótica—. Espero que te gusten los días de niebla oscura, esos donde el mundo se siente como un suspiro atrapado en un pulmón de mármol.
—Agnes: Los amo.
—Merlina: Bien. Porque en este rincón del mundo, la felicidad es una enfermedad que no pensamos contraer. Ven, ayúdame a catalogar estas arañas viudas; están deprimidas porque sus maridos murieron de causas naturales y no por su veneno. Necesitan compañía que entienda la belleza de la decepción.
En esta versión, Merlina no busca alejarla, sino incluirla en su melancolía. No es una jefa, es una guía en el arte de la tristeza dulce.