El Callao amanecía siempre igual: un cielo bajo, húmedo, que parecía apoyarse sobre los hombros de la gente. Peña lo sentía así esa mañana, como si el aire tuviera peso y nadie se animara a decirlo en voz alta.
Isaac no había venido a clases.
No era raro. O al menos, no lo era para Isaac. Pero esa vez había algo distinto. Peña revisó el aula dos veces, como si pudiera habérsele escapado entre los cuerpos, escondido detrás de alguna mochila o de su propia ironía. No estaba. Tampoco había llegado tarde, que era casi su forma habitual de llegar.
Durante la mañana, Peña intentó convencerse de que no significaba nada. Isaac siempre decía que la escuela era un trámite inútil, un pasillo largo hacia ninguna parte. Se burlaba de todo: de los profesores, de los compañeros, del futuro. De la muerte hablaba con una ligereza que a Peña le incomodaba, como si fuera una broma privada que nadie más entendía del todo.
Y sin embargo, con él era distinto.
Isaac no afilaba tanto las palabras cuando hablaba con Peña. A veces incluso parecía cansado de ser ácido, como si sostener ese personaje le doliera más de lo que admitía. Peña lo notaba en los silencios, en cómo dejaba las frases a medio terminar, en esa manera de apoyarse contra la pared como si el cuerpo le pesara demasiado.