Hubo un tiempo en que el azul en sus ojos parecía eterno, como un cielo que jamás aprendería a romperse. Era una luz tranquila, casi sagrada, que caminaba sin miedo entre sombras que aún no sabían su nombre. Pero incluso los cielos más limpios guardan tormentas que esperan el momento exacto para caer.
El verde no llegó de golpe, se filtró despacio, como un susurro que se queda demasiado tiempo. Algo en su mirada empezó a torcerse, no lo suficiente para notarlo al principio, pero sí para sentir que algo ya no encajaba. La ternura comenzó a parecer un error, y la verdad… un lujo peligroso.
Y entonces el morado, profundo, inquietante, como un latido que ya no sigue el ritmo de lo humano. En sus ojos ya no hay preguntas, solo una calma que no debería existir, una quietud que incomoda, que advierte. Porque hay caídas que no hacen ruido… y son esas las que, cuando terminan, dejan al mundo conteniendo el aliento, preguntándose en qué momento dejó de haber regreso.
Y al final… nadie querrá recordar su nombre… nunca más…