Harry siempre fue un chico especial.
No porque lo dijeran los adultos —nadie lo decía—, sino porque aprendió muy pronto a sobrevivir al silencio. A las escaleras crujientes, a los platos rotos, a las palabras que no se dirigían a él sino sobre él. El armario bajo la escalera era pequeño, pero la soledad lo hacía infinito. Fue ahí donde apareció Draco.
No llegó como llegan las cosas reales. No abrió puertas ni hizo ruido. Simplemente… estuvo. Sentado con las piernas cruzadas, la espalda apoyada contra la pared, observándolo como si Harry fuera lo único importante del mundo.
Así nació Draco, su amigo imaginario.
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