El amor es raro.
¿Qué hago yo, desviviéndome por alguien?
¿Qué hago, dibujando su nombre en cada esquina de mi cuaderno,
actuando como un chico,
fingiendo que no duele,
solo para gustarle a esa niña hermosa de 1.50,
que huele a fresas,
y que brilla aunque no lo intente?
Me miro al espejo y me pregunto:
¿Y si fuera un chico… sí me amaría?
¿Y si mi voz fuera más grave,
mi ropa más masculina,
mi forma de hablar más seca,
¿valdría más?
No puedo ser su novia.
No está bien, dicen.
Sería una machorra,
una desviada,
una lesbiana.
Un pecado.
Pero si fuera un chico…
solo si fuera un chico,
¿sería suficiente?
¿Me vería con los mismos ojos con los que mira a ese idiota?
A veces pienso que ni en las historias que escribo
puedo tener más de lo que tengo en la vida real.
Y eso duele.
Duele más de lo que debería.