En contraste está Bakugo, cuyo rechazo del público es distinto. Bakugo no sufre por adultos horribles ni vive bajo un trauma extremo, más bien es un producto de un entorno que lo celebró demasiado y lo corrigió muy poco. Su arrogancia, sus humillaciones hacia Deku y su agresividad constante se sienten cercanas al bullying escolar cotidiano que muchos vivieron, osea el del chico talentoso y popular que maltrata al que considera inferior. Por eso, incluso con su desarrollo, disculpas tardías y crecimiento como personaje, siempre habrá gente que nunca lo perdonará. No porque sea “el peor bully de todos los tiempos”, sino porque su tipo de bullying es el más real, el más común, el más parecido a lo que muchísimas personas tuvieron que soportar en su infancia o adolescencia. Su redención funciona en la historia, tal vez (aunque bueno, la gente lointerpretará como quiera y lo difieren mucho negativamente), pero emocionalmente para muchos espectadores llega demasiado tarde o se siente insuficiente. A Bakugo le pesa el tipo de dolor que representa, no el trauma que lo explica.
En síntesis, la razón por la que la gente odia tanto a los bullies, tanto en la ficción y en la vida real, es porque la herida que simbolizan es universal, pero el modo en que se procesa depende del contexto del personaje. A Marina la critican por lo que hace, aunque entiendan el origen de su crueldad, además que muchos se dan cuenta de lo rota que también esstá poníendose esa máscara para tapar el maltrato familiar que sufrió por culpa de los adultos. A Bakugo lo odian porque su comportamiento refleja experiencias personales más reales y cotidianas, incluso aunque su historia lo lleve a cambiar. Y así se crea esta división natural: algunos bullies generan rechazo trágico, otros rechazo visceral; unos se comprenden sin perdonarse, otros ni siquiera se buscan entender.