A veces hay cosas que me dejan pensando durante días por el nivel de impacto que tienen en mí. No porque no sienta empatía cuando pasan cosas lamentables en el mundo, sino porque hay situaciones que logran tocar algo más íntimo.
Creo que eso pasa cuando sigues a alguien, consumes su contenido y, de alguna manera, esa persona termina formando parte de una etapa de tu vida. Por eso la noticia de Gaspi me dejó en shock.
Cuando me enteré, pensé que era una noticia falsa. No podía creerlo. Y cuando vi que era real, me costó aterrizarlo. Tenía 23 años.
Yo no lo conocí por sus videos de humor. Lo conocí en una etapa distinta, cuando hablaba sobre cambiar hábitos, sentirse mejor con uno mismo, hacer ejercicio, levantarse temprano y seguir creciendo como persona. Recuerdo que empecé a ver ese contenido justo cuando yo también estaba intentando cambiar ciertas cosas de mi vida.
Fue una época en la que comencé a hacer ejercicio y a romper algunas limitaciones mentales que tenía por mi enfermedad. Ver a alguien hablar de disciplina, constancia y crecimiento de una forma tan humana me acompañó más de lo que imaginaba.
Por eso creo que la noticia me golpeó. No porque conociera a la persona, sino porque conecté con una etapa de ella que coincidió con una etapa importante de mí.
Y al final también queda esa reflexión incómoda: somos increíblemente frágiles. Podemos estar construyendo nuestro camino, haciendo planes, cambiando hábitos, imaginando el futuro, y aun así nada está garantizado.
No sé si lo que siento es tristeza, shock o simplemente una dosis de realidad demasiado fuerte para un solo día. Pero sí sé que pensar que una vida tan joven puede terminar de un momento a otro me deja con una sensación difícil de explicar.
Supongo que, para quienes seguimos aquí, eso siempre será triste.