A veces, lo más íntimo que se puede hacer con alguien es no volverle a hablar nunca. No hubo oportunidad de llegar a los créditos de la película; no hay actualizaciones, no hay rastros. Ni siquiera una foto que se cruza por accidente… Y eso, en lugar de alejar, acerca. Porque lo que no se muestra, se imagina. Y lo imaginado pesa más que lo real.
Es raro sentirse tan cerca de alguien con quien ya no se comparte nada. Es como un pacto no firmado: yo no interrumpo tu vida, tú no tocas la mía, pero aquí existimos como dos líneas paralelas. Tú no me buscas, yo no te encuentro, aunque ambos sabemos que aquí hubo algo.
Si alguien regresa sin querer, es porque quedó atrapado en algún rincón de la memoria que no sabe archivar bien las cosas. Y uno intenta convencerse de que ya soltó todo… hasta que descubre que no saber nada —cómo está, con quién, si todavía se ríe de lo mismo— se convierte en una nueva forma de cercanía. Más íntima, pero más absurda también.
No saber es una manera de seguir, aunque no la más sincera. Por eso, el contacto cero es un arma de doble filo: si no sueltas de verdad, corres el riesgo de desgarrarte las manos. A veces, no saber nada de alguien puede sentirse más presente que hablar todos los días, porque el vacío que dejaron tiene forma; se le camina alrededor.
El silencio no es ausencia: es la marca que quedó. Como cuando quitas un cuadro de la pared y la mancha del tiempo te recuerda que allí estuvo. Y ya no importa por qué se terminó o quién soltó primero; lo único claro es que no hubo más palabras. Eso, aunque suene contradictorio, une. Pega. Sostiene. Como una curita aferrada a los vellos de la piel.
https://youtu.be/1pmBJLI4kVw?si=VZY3e9MKORP-SERE