El aire golpeaba el rostro de Issei mientras corría. No era la carrera heroica para salvar a una de las chicas, ni el impulso de poder motivado por sus deseos pervertidos. Era una carrera frenética, torpe, impulsada por un odio visceral hacia sí mismo.
Ddraig guardaba un silencio sepulcral. El Dragón Rojo, testigo de mil batallas, parecía haber aceptado que su portador finalmente se había roto.
Issei llegó al borde del precipicio. El mar rugía cientos de metros abajo, golpeando las rocas con una violencia que le pareció poética. Se detuvo un segundo, jadeando, y se miró las manos. Esas manos que habían tocado "tesoros", esas manos que habían sido llamadas "el brazo del Dragón".
— "Mírate, pedazo de basura..." —susurró con una voz rota, cargada de un veneno que nunca antes había mostrado.
Soltó una risa seca, que pronto se convirtió en una carcajada histérica que le desgarraba la garganta.
— "El 'Rey del Harén'... ¡Qué maldito chiste! Solo soy un fetiche viviente, un peón desechable que se cree protagonista. Soy una vergüenza para el linaje de los dragones y un asco de ser humano."
Sin dudarlo, invocó una pequeña hoja de luz o un fragmento de acero reforzado con su aura. La sostuvo contra su cuello. Sus ojos, antes llenos de una chispa infantil, ahora estaban vacíos, drenados de toda esperanza.
— "Muere de una vez, Issei. Muere como el desperdicio que siempre fuiste."
Con un movimiento violento y fluido, el metal se hundió en su carne. No hubo titubeos. El tajo fue profundo, rasgando la tráquea y las arterias con una precisión quirúrgica nacida del odio.
El mundo se volvió rojo. Issei sintió el calor de su propia vida escapando a borbotones, empapando su camiseta, calentando su piel mientras el frío de la muerte empezaba a reclamarlo. No intentó detener la hemorragia. Al contrario, sus labios se curvaron en una sonrisa genuina, una expresión de alivio puro que nunca había alcanzado con ninguna victoria.
Se dejó caer hacia atrás, hacia el vacío.