— Era un noche tranquila, no esperaba compañía, no a tales horas de la noche, por lo que podía irse a dormir tranquila. Está vez no se preocupó por desenredar su cabello, podría ocuparse de ello en la mañana, aún sabiendo que posiblemente lloraría lidiando con su indomable cabello.
Recién se había puesto una bata para dormir, se quito los lentes y los dejo reposar encima de la mesita de noche, relajo la postura antes de sentarse en el borde de la cama, suspiró cansada.
Se acostó por fin, pero al instante en el que iba a cerrar los ojos, escuchó una voz, una que reconocía perfectamente (y lamentablemente).
— Veo que ya se iba a dormir, señorita. - Hablo calmado, como si aparecer de la nada fuera cosa de todos los días, bueno, por una parte, lo era.
— Déjame dormir, Forcas. - Puso una cara larga, ya estresandose.
— Pero señorita, hoy tengo una nueva forma de hacer que me grite. Y no de la manera habitual... - Se arrodilló a su lado, susurrando lo último en su oído.
— Ahora que quieres, hombre. - Se estremeció un poco, pero respondió con desgana...