Porque con él, simplemente lo dejé ahí, no lloré, no sufrí. No eliminé nada, no tuve necesidad de buscar foto por foto para borrar cada rastro, solo olvidé su existencia. Fingí que me importaba, pero tal vez, en el fondo, era mi necesidad de llenar ese vacío que ella dejó en mí. Me puse furiosa cuando se regodeó sobre conquistarme, ¿Cómo se atrevía a profesar tal insolencia? ¿Cómo creía que él en algún punto sería mejor que el amor de mi vida? Entonces me di cuenta, que nunca lo amé tanto, al menos no como ella. No había emoción, no había sentimiento más que lujuria, y fue fácil de creer que era amor.
Y con ella...
Nunca me atreví a borrar nada, no hasta que llegó la primera ruptura verdadera, recuerdo el dolor, la sensación de ahogarse, de ira irracional que se arremolinaba en mi pecho con una sensación horrorosa. Odio, amor, desprecio, desesperación, necesidad, cariño, recuerdos. Todo mezclado en una sola noche, creyendo que no volveríamos. Me arrastré una y otra vez hacia ella, volví a buscarla incluso cuando dijo que ya no lo debía de hacer. Rogué, hice berrinches, inventé mentiras, una y otra vez con tal de que se quedara a mi lado por fuera que fuera la razón. Todavía guardo lo que pude, todavía no puedo borrarlo. Todavía me encuentro después de tantos años buscando su perfil, mirando sus fotos viejas, sus palabras dulces. Todavía ahogo las lágrimas. ¿Es posible dejar de amar?¿Olvidar todo de quién recuerdas cada pequeño detalle? Si alguien me dijera que todas las personas se superan, yo me atrevería a refutar eso por experiencia propia. Jamás olvidé, jamás pude. Nunca creo poder olvidar.