Sapphire244
Cartas que nunca envié pt. ???
Sara, este mensaje sin duda debía ser escrito antes. Mi meta este año es ser más honesta: conmigo, con mis sentimientos, con quién soy y con lo que quiero. Siento que viví demasiado centrada en ser para otros, y que en ese intento olvidé ser para mí.
No sé con exactitud qué siento por usted. Es una mezcla, tal vez, entre entendimiento, ternura contenida y orgullo... porque no hubo un solo momento en el que yo pensara que usted me hubiera agraviado, perjurado o cometido acto alguno por el cual usted pudiera decirse “mala persona”.
Desde su propia perspectiva, usted se sentía tan destructiva como un huracán y, sin embargo, para mí, aquello se parecía más a una brisa...
Nunca pensé —ni intencioné— abrumarla. Las palabras fluían como si la hubiese conocido desde antes, cosa que, considerando mi mala memoria (de la cual ya está bien enterada) debería haberme asustado. No obstante, jamás lo hizo. Ni su vulnerabilidad, ni la mía. Ni siquiera la posibilidad tan esporádica de poder hablar con usted, cuando de repente yo cruzaba por su mente. Lejos de predisponerme ansiosamente a esperarle, aquello producía en mí un efecto distinto: el corazón lo guardaba como un anhelo.
¿Sabe cuál es la diferencia entre el anhelo y las promesas?
Alguna vez alguien me dijo que las promesas pueden ser tan volátiles y poco sinceras como una mentira. Si yo hubiese prometido que usted podría volver cuando quisiera aunque fuera solo para desahogarse conmigo, tal vez se habría sentido satisfecha, quizá incluso “tranquila” frente a ese supuesto trato. Pero no fue así. Dentro de mí, entonces y ahora, lo que permanece un anhelo, el de recibir un mensaje suyo. No hay trato alguno. No hay promesa alguna. Solo un suspiro, tan fuerte como el hambre, pero menos voraz; tan duradero como lo inefable, pero más certero. Habrá que diferenciar también el anhelo del deseo. No es, en sí, un deseo. Los deseos pueden cumplirse por acción propia. Los anhelos no.
Sapphire244
@ Sapphire244
Siendo honesta, hubo momentos en los que sentí que me mentía. Como aquella vez en que dije estar acostumbrada a ser vulnerable con todo el mundo. Tampoco me resultaron ajenas las ocasiones en que los “me importas” cargaban más emoción de la que yo podía admitir sin temor a que huyera.
Todo esto se fue plantando en mi corazón con un orgullo contenido; uno sostenido por la devoción que sentía por cuidar de sus sentimientos y de su proceso, y que aún ahora me inunda al pensarla. Qué idiota sería de mi parte intentar darle un nombre. Así que así se queda, como un gran sentimiento, tan inusual como bueno, como sano, como real.
Para mí se ha vuelto casi lógico observar el mar y hallar en él la epifanía de su aprecio por la orilla: volver una y otra vez, sin buscarlo, respetando incluso su forma. Tal vez (solo tal vez) le bastó un instante del calor de la arena para conmoverlo todo y encantarlo a esa devoción perpetua. En mi mente, usted permanece difusa, sí, pero imprescriptible.
No puedo ni deseo interferir en su vida. ¿Cómo podría? En todos los momentos en que me fue posible, deseé —y deseo— que encuentre aquello que tanto anhela, aun sin saber exactamente qué es, aun si va cambiando poco a poco, tal como usted, como yo, como todos. Pero, aun así, su bienestar siempre fue mi deseo más honesto.
Y desde el anhelo, no desde el deseo, espero poder encontrarla en otra vida, para seguir compartiendo prosa, ideas y risas… si así el destino lo quiere.
•
Reply