Tiene una belleza lenta. No de esas que golpean inmediatamente al mirarlas, no. La suya es peor. Se infiltra despacio dentro del pecho hasta quedarse ahí, respirando contigo, destruyéndote lentamente sin que siquiera pudieras notarlo al principio.
Consuélame de esa manera. Por favor. Consuélame entre tus manos y tus labios. Consuélame con tu beso dorado hasta que mis lágrimas se desaparezcan de mis ojos. Consuélame tan profundamente con tu amor. Consuélame hasta que el dolor se vuelva silencio. Hasta que nuestros corazones encuentren en un mismo latido. Hasta fundirnos en un solo amor.
Si hubiera escuchado una sola vez su voz suplicándome quedarme, habría abandonado todo por seguirla. Habría escogido sus brazos antes que el cielo. Y eso era precisamente lo que más miedo me daba.