El Cristo del pueblo.
Tardaron una semana en construir el Cristo a la entrada del pueblo. Llevaba veinte años de pie, pero solo unos pocos advirtieron el cambio a su alrededor.
No eran los colores desteñidos por el calor y la tierra del campo; tampoco las flores que se marchitaban constantemente, ni la placa de metal oxidada por el tiempo.
Era el mismo Cristo, que año tras año giraba la cabeza hacia el pueblo mientras su sonrisa se amplía día a día.