/apretó los dedos contra la sien antes incluso de girarse. El gesto fue automático, casi violento—. No lo nombres. Ni aquí, ni delante de mí. —cerró los ojos un instante; el dolor punzó detrás de ellos como una vieja migraña—. Basta con mirarte para que me duela la cabeza… —abrió los ojos—. Tienes su forma de la boca. Y los ojos de ella. Es una combinación particularmente cruel. —avanzó un paso, luego se detuvo cuando él dijo la palabra que no debía…madre. El aire pareció tensarse—. No. —salió seco, demasiado rápido—. No me llames así. —se llevó la mano a la sien con más fuerza, respirando hondo—. No sabes lo que despierta cuando lo haces. Veo su rostro. Veo el de ella. Y recuerdo que ambos siguen bajo este techo como si no hubieran dejado nada podrido a su paso. —lo miró de arriba abajo, obligándose a recomponerse—. Has viajado. Estás cansado. Y seguramente hambriento. —hizo un gesto breve hacia el interior—. Ve a cenar. La comida se enfría y no pienso repetir órdenes por algo tan básico. —cuando pasó a su lado, añadió sin mirarlo—. No confundas esto con bondad. Si sigues comiendo en mi mesa es porque no eres él… aunque el parecido me resulte una ofensa difícil de tolerar. Y no me pidas indulgencia mientras esa mujer siga aquí, caminando como si nada. Algunas heridas no se cierran cuando su origen sigue respirando cerca. Come. Descansa. El viaje no fue corto… y no necesito otro motivo para detestar aún más a tu padre esta noche. Y Aegar… —una pausa larga—. No eres culpable de lo que eres. Pero no vuelvas a llamarme así.