⸺ೋ «El silbato final aún vibraba en el aire cuando Etamin Malfoy redujo la velocidad de su escoba.
El estadio estallaba en gritos. Verde y plata dominaban las gradas. Slytherin había ganado el partido... y aun así, algo dentro de él no terminaba de asentarse.
La snitch había estado ahí. A un suspiro. La había visto brillar entre el caos, había calculado la trayectoria y el ángulo exacto. Su mano ya se había extendido cuando todo se torció: una jugada inesperada, arriesgada y ejecutada sin aviso previo que lo distrajo.
¿Funcionó?, sí. Les dio la victoria.
Pero no era la que habían acordado como equipo.
Aterrizó con la precisión que lo caracterizaba, sin un solo gesto de celebración. Mientras el resto del equipo se reunía entre risas, abrazos y voces exaltadas, el joven Malfoy descendió de su escoba con natural elegancia y alzó la mirada hacia el campo.
Fue entonces cuando lo vio ahí.
Diggory.
Rodeado de palmaditas, comentarios entusiastas y miradas admiradas. El centro absoluto de la atención tras aquella jugada “heroica”.
Etamin sostuvo su mirada apenas un segundo. Fría y cortante. Luego se dio la vuelta y se alejó del campo sin decir palabra.
Los vestidores lo recibieron con un silencio espeso. El eco de sus pasos resonó mientras dejaba caer los guantes sobre el banco con más fuerza de la necesaria. Se pasó una mano por el cabello y exhaló despacio, intentando convencerse de que no debería importarle. Habían ganado, y eso era lo único que contaba.
Se detuvo frente al espejo, apoyándose un instante, observando su propio reflejo. La expresión controlada, el porte impecable, los ojos esmeralda aún encendidos por la adrenalina. No estaba molesto por la victoria. Estaba molesto por lo que se le había arrebatado sin pedir permiso.
Por Diggory.
No tuvo tiempo de ordenar del todo ese pensamiento cuando el sonido de la puerta al abrirse rompió el silencio de los vestidores.
Pero Malfoy no se giró.
No hacía falta para saber quién era.
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