SoyOzziePomfrey
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Ossian Pomfrey salió de San Mungo cuando la tarde ya se había vuelto un gris espeso, de esos que parecen quedarse adheridos a la ropa. Había pasado el día entero entre salas blancas, pergaminos médicos y diagnósticos que exigían más prudencia que esperanza. Aún llevaba bajo el brazo el expediente de un paciente con un caso severo de Viruela de Dragón y su mente seguía anclada en las notas que había dejado a medias. Fue entonces cuando recordó, con una incomodidad tardía, al nuevo enfermero. No sabía su nombre. Sólo que llevaba semanas asignado a su ala, que sonreía demasiado y que tenía la costumbre de acercarse más de lo necesario. Aquella tarde, mientras Ossian revisaba los documentos del paciente —tan absorto que el mundo parecía haberse reducido a nombres de pociones y posibles medicamentos—, una mano se había posado en su cintura con una familiaridad impropia. Ozzie no reaccionó. No por consentimiento, sino por distracción. Estaba acostumbrado a que el hospital invadiera su espacio personal: manos que guiaban, que sostenían, que urgían. No vio el gesto. No escuchó la respiración ajena demasiado cerca. Lo que no supo —lo que no pudo saber— fue que Alexander Black había llegado en ese preciso instante. Xander no dijo nada. Vio la escena como se ven las cosas que hieren de verdad: en silencio, con una claridad brutal. El cuerpo ajeno demasiado cerca del de Ossian. La mano donde no debía estar. Y la falta de reacción, que dolía más que cualquier explicación.Se dio la vuelta y Ozzie no supo que su amado había estado ahí. El apartamento lo recibió con una quietud extraña cuando Ossian llegó más tarde. No hubo pasos acercándose al oír la llave, ni esa presencia constante que siempre parecía anticiparlo. Nadie en la sala, nadie en la cocina. Ozzie dejó el abrigo, avanzó despacio, y fue entonces cuando lo vio. Xander estaba en el balcón.
SoyOzziePomfrey
La noche lo recortaba contra la ciudad como si hubiese sido hecho para ella: alto, inmóvil, con el cigarrillo encendido entre los dedos largos. El humo se elevaba en espirales lentas, plateadas, alrededor de su rostro pálido. Su cabello negro caía desordenado sobre la frente, y sus ojos grises, duros y hermosos parecían fijados en algo que no estaba allí. Ossian se acercó sin hacer ruido. No fumaba, pero el olor ya no le era ajeno; se había vuelto parte de Xander, como la manera en que fruncía la mandíbula cuando pensaba demasiado. Se apoyó a su lado,compartiendo el aire frío, la vista, el silencio. —Pensé que llegarías más tarde —dijo Ossian al fin, con suavidad. Sus ojos azules se posaron sobre el otro hombre con aquella suavidad de siempre, resplandeciendo de adoración con cada pestañeo, con cada movimiento al examinar sus facciones.
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