No me refería al desinterés, sino al caos que suelen traer consigo. Puedes velar por ellos, sí, pero su orden siempre comienza en el caos. —una leve sonrisa apareció en sus labios al pensarlo. No había molestia en ella, ni resentimiento; solo comprensión. Después de todo, cada comienzo arrastraba consigo algo de destrucción, incluso ellos mismos habían nacido de ello. Su atención volvió a él cuando notó ese gesto casi tímido. Su sonrisa se amplió apenas, más suave, más cercana. Inclinó ligeramente el rostro hacia la mano ajena, permitiendo aquel contacto, ese pequeño intento de acomodar un mechón rebelde que no opuso resistencia. Entonces, sin prisa, llevó su propia mano hacia la contraria y la sostuvo con una firmeza tranquila. La frialdad de su piel contrastó con el calor de sus dedos, y por un instante no dijo nada—. Gracias… —murmuró finalmente. Alzó la mirada hacia él, sin soltar su mano—. Y sí, quiero acompañarte. —su voz se suavizó, casi imperceptiblemente—. Creo que nos vendría bien una charla más tranquila… —añadió—, mientras te permites relajarte un poco, quizá con tus almendras.