Había sido un día como tantos otros: rescatar personas, ayudar a animales, entrar y salir del Daily Planet cada vez que hacía falta. Nada que escapara a su control, nada que lo pusiera realmente a prueba.
De regreso en su departamento, el gran ventanal le ofrecía una vista magnífica de la ciudad que juró cuidar. Se quedó observando cómo el día terminaba de retirarse. Los últimos tonos cálidos se desvanecían y daban paso a un cielo más oscuro, mientras el movimiento en las calles disminuía poco a poco. No era un silencio absoluto, pero sí una especie de respiro colectivo, como si la ciudad entera aflojara la tensión tras una jornada intensa. Para Clark ver como la serenidad que se extendía por las calles le llenaba el pecho de una sensación agradable porque significaba que, al menos por hoy, las cosas habían salido bien… y que la gente podía dormir tranquila.
Así que, por fin, tenía un rato para sí mismo. Y no tardó en decidir en qué emplearlo: ir a ver a la persona que más ocupaba su mente.
El trayecto hacia Gotham le llevó apenas unos instantes. El vuelo era casi automático para él, tuvo que resistir el impuslo de oir los latidos del corazon de Bruce, es una costumbre cursi, que había intentado frenar más de una vez, pero es inevitable oírlo por darle una especie de serenidad inexplicable. Saber que estaba ahí, en algún punto de la ciudad, bastaba para cambiarle el ánimo.
Se sentía, en cierto modo, como si siempre estuviera guiado hacia él sin necesidad de pensarlo demasiado como una polilla a la luz. Clark ya se conformaba con poco en un principio: verlo de vez en cuando, cruzar unas palabras breves, coincidir en algún momento aislado. Pero eso había cambiado. Ahora contaba con algo que valoraba mucho más: la posibilidad de estar cerca de verdad, de forma constante, con una confianza que habia logrado construir con demasiada paciencia y mucho trabajo.