Daisuke se convirtió en su ancla. Hablaban durante horas. Él escuchaba sus miedos; ella respetaba sus límites, manteniendo sus vicios lejos de él. Cuando Yui confesó que usaba sustancias para "dejar de sentir", Daisuke no juzgó. Argumentó, razonó, intercedió. Logró que cesaran sus intentos autodestructivos, pero un miedo nuevo germinó en él: el terror de no estar allí la próxima vez que la oscuridad llamara a su puerta.
Ese miedo casi se materializó con el accidente de Yui. Verla en coma durante dos días le partió el alma. Fue el duelo por una pérdida que, por suerte, no fue total. Aquella experiencia grabó en él una certeza: salvar una vida es el acto más definitivo que existe.
La tragedia final llegó años después, en una tarde aparentemente común. Un auto, una calle, un segundo de distracción. Daisuke no lo pensó. Su cuerpo se movió antes que su mente, empujando a Yui a un lugar seguro mientras el metal lo arrollaba. En el suelo, con la vida desangrándose de su cuerpo, su última conversación no fue sobre el dolor, sino sobre el futuro.
—No te culpes —logró articular, su voz un hilo.— Vive. Por favor, vive por los dos.
Yui, entre lágrimas, asintió. Le hizo esa promesa final. Daisuke partió con un suspiro, una mezcla de dolor y una paz extraña.