Diana Creel, la melliza de Alice, es la única superviviente que permanece en libertad tras la masacre de 1959. Se salvó del horror por puro azar al encontrarse en casa de una amiga, un hecho que la dejó atrapada en un trauma perpetuo y en un sentimiento de culpa asfixiante por no haber estado allí para proteger a su hermana. Tras la tragedia, creció marcada por el estigma de su apellido en hogares de acogida, desarrollando una personalidad melancólica y profundamente observadora. Encontró su refugio más grande en la fotografía, utilizando su cámara para capturar momentos de quietud y belleza marchita, intentando detener el tiempo que le fue arrebatado. Entre el aroma de los químicos del cuarto oscuro y el estudio de la botánica, Diana intenta descifrar la oscuridad humana a través del visor, acompañando su soledad con música clásica para silenciar el eco de un pasado que nunca deja de perseguirla.