—Pequeña Dove, será un placer para mí ser invitado a tomar el té con usted. ¿Le parece si llevo yo las galletas?
──── Lo dijo con una dulzura que sólo se reserva para quienes aún ven magia en una taza tibia. Sus ojos, llenos de paciencia, la miraron como quien contempla no solo a una niña, sino a una promesa de paz en medio de tanto ajetreo.
────Alfred, en ese instante, no era mayordomo ni cuidador—sólo era un abuelo dispuesto a sentarse en un sillón demasiado pequeño, si eso significaba compartir la hora del té con quien aún sabe que imaginar también es cuidar.