Su relación con Dionisio es más cercana de lo normal para un dios. Él no es cariñoso de manera tradicional, pero con Elara se muestra más atento y presente. A veces le habla en sueños, otras aparece solo para hacerle un comentario sarcástico o una advertencia disfrazada de broma. Dionisio la protege a su manera y confía en ella, porque ve reflejada en su hija su propio espíritu libre y caótico. Elara, por su parte, no le tiene miedo: lo respeta, lo entiende y siente que, aunque no siempre lo demuestre, él se preocupa por ella.
Antes de llegar al Campamento Mestizo, Elara vivía con su madre sin saber nada sobre los dioses. Desde pequeña le pasaban cosas raras: las plantas crecían cuando estaba alterada y las personas a su alrededor cambiaban de ánimo sin razón. Todo se volvió peligroso cuando fue atacada por una criatura que fingía ser humana. En ese momento, la vegetación la protegió y le dio tiempo para escapar. Un sátiro la encontró poco después y la llevó al campamento. El camino fue difícil, pero al cruzar la frontera sintió tranquilidad por primera vez. Dionisio ya la estaba observando y no tardó en reclamarla, orgulloso de reconocer a su hija desde el primer momento.