SoyXandrosIDavenport
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El Gran Salón del palacio de invierno era un torbellino de opulencia, música y máscaras. Candelabros de cristal sostenían cientos de velas que goteaban cera como lágrimas doradas, iluminando a la aristocracia que danzaba al compás de un vals lento y embriagador. Para Xandros, sin embargo, todo aquello era un decorado monótono, un eco repetitivo de los siglos que ya había vivido. El olor a perfume caro, a sudor humano y a la sutil podredumbre de su propia especie lo aburría profundamente. Sostenía una copa de cristal con sangre diluida en vino, apoyado contra una de las columnas de mármol negro, observando el salón con la fría indiferencia de un depredador que no encuentra presa que valga la pena. Y entonces, el aire cambió. No fue un cambio sutil. Para los sentidos hiperdesarrollados de un vampiro, fue como si una ráfaga de viento salvaje, cargada de ozono, tierra mojada y pino, hubiera rasgado la densa y sofocante atmósfera del baile. Xandros irguió la espalda, congelándose por completo. Su corazón muerto no latió, pero una descarga de adrenalina ancestral recorrió su cuerpo inmortal.
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Se separó de la columna de mármol con una gracia felina, casi espectral. La multitud de máscaras y sedas pareció abrirse a su paso, no por cortesía, sino por el instinto de supervivencia que empujaba a los presentes a alejarse de la intensa aura de depredador que el vampiro ya no se molestaba en ocultar. Sus ojos fijos en ella, sin parpadear, fijos en la pequeña pluma de cuervo de su sien, en el sutil movimiento de su vestido blanco y azul. Para cuando Elisabeta terminó de asimilar la inmensidad del salón, Xandros ya había acortado la distancia. Se detuvo exactamente a tres pasos de ella, lo suficientemente cerca para que ella pudiera percibir el frío aristocrático que emanaba de su ser, pero lo bastante lejos para no desatar su instinto de defensa. Hizo una reverencia perfecta, fluida y profunda, una muestra de respeto que rara vez concedía a nadie en esa corte.
Al incorporarse, extendió su mano pálida hacia ella, con la palma hacia arriba, esperando.
─── Las leyendas de la corte hablan de bellezas peligrosas, pero ninguna advertencia hace justicia a lo que mis ojos ven esta noche─── La comisura de sus labios se curveó en una sonrisa sutil, un desafío envuelto en galantería.───Concededme este vals. Permitidme demostraros que no todas las sombras de este palacio muerden... al menos, no esta noche.
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