Eliza Kovács creció en una casa donde nada se explicaba del todo. Como la menor de siete, siempre fue protegida por su familia, no por ser débil, sino por ser la última. La que aún no había sido puesta a prueba. Creció dentro del apellido y de todo lo que implicaba llevarlo, sin que nadie intentara apartarla de la realidad.
Desde pequeña aprendió a escuchar más de lo que hablaba. Entendió pronto cuándo debía quedarse callada y cuándo convenía recordar. Las conversaciones ajenas, los silencios largos y las ausencias repentinas formaron parte de su educación, aunque nadie lo llamara así.
Es inteligente, observadora y consciente del lugar que ocupa. No actúa por impulso ni se deja llevar fácilmente. Tiene una forma de pensar fría y calculada que recuerda demasiado a la de sus padres. No necesita imponerse para hacerse notar.
Con el tiempo, empezó a notarse que no era solo la hija menor protegida. El carácter que carga no es nuevo ni aprendido: viene de casa. Hay en ella una dureza que no busca esconder, una forma de mirar y decidir que deja claro que entiende el mundo en el que creció.
Eliza es leal a su familia y al apellido Kovács. No cuestiona lo que son ni intenta suavizarlo. Sabe que su lugar no es al margen, solo más silencioso. Y aunque todavía no se le ha pedido nada, es evidente que no piensa quedarse atrás cuando llegue el momento.