Su padre, Rhett Townes, era un cirujano respetado en Seattle: manos firmes, reputación impecable, una vida ordenada hasta el último detalle. Félix aprendió temprano lo que significaba la disciplina, aunque nunca fue algo que lo asfixiara. En su casa no faltaban recursos, pero tampoco sobraban expectativas impuestas. Rhett nunca le dijo qué debía ser, solo que fuera bueno en lo que eligiera.
Antes de saber qué quería ser, Félix buscaba ritmo. Lo hacía sin darse cuenta: golpeando los dedos contra la mesa, marcando compases invisibles con el pie mientras hacía la tarea, siguiendo patrones en sonidos que otros ignoraban. El lavarropas, el intermitente de un semáforo, la lluvia constante contra las ventanas de Seattle. Todo tenía una cadencia, y Félix parecía encontrar tranquilidad en reconocerla.
La música apareció casi sin aviso. Primero como ruido de fondo, después como refugio. Félix siempre sintió una atracción particular por las líneas que no pedían atención: el bajo, ese lugar silencioso que sostiene todo sin reclamar protagonismo. Le gustaba estar ahí, marcar el ritmo, saber que sin él algo se caería aunque pocos lo notaran de inmediato.
Aprovechó lo que tenía a mano. Instrumentos decentes desde joven, clases cuando las pidió, tiempo y espacio para practicar sin culpa. No era un talento ruidoso, pero sí constante. Tocaba horas enteras sin darse cuenta, afinando el oído y el pulso hasta que el bajo dejó de ser un objeto y se volvió una extensión natural de su cuerpo. Con los años, esa constancia lo volvió realmente bueno. No por ambición, sino porque nunca supo hacerlo a medias.
No se esfuerza por impresionar; llega, observa, sonríe de costado. Parece relajado, casi distraído, pero siempre está prestando atención. Cuando lo conoces, es amable sin ser efusivo, cómodo en su propia piel. Habla poco de sí mismo y mucho de lo que le gusta.