Galya Volkov creció entendiendo que el verdadero poder rara vez se anuncia. En una familia donde el silencio es método y la observación, herencia, aprendió a pensar sin exteriorizar, a decidir sin dejar rastro. No necesita ocupar espacio para estar presente; le basta con permanecer.
Su apariencia suele ser lo primero que otros registran de ella, y Galya no se esfuerza por corregir esa lectura. Resulta fácil reducirla a algo simple, visible, comprensible. Esa percepción le conviene. Mientras creen haberla clasificado, ella calcula. Mientras la miran, mide tiempos, reacciones y puntos débiles con una precisión paciente.
No actúa desde el impulso ni desde la emoción visible. Piensa en silencio y actúa en uno aún más profundo. Sus movimientos no llaman la atención cuando ocurren; se revelan después, cuando el equilibrio ya se rompió y no hay forma clara de rastrear el origen.
Dentro del mundo Volkov, Galya no es la amenaza evidente ni la figura que reclama control. Es la presencia que parece secundaria hasta que deja de serlo. Cuando alguien comprende que fue ella quien movió la pieza, el juego ya está perdido.