No te ofreceré ninguna bienvenida grandilocuente ni vacía, Haniel, quiero que eso quede claro. Este encuentro entre tú y yo no necesita cortesías. No hallarás en mí tu famosa alegría de Dios ni promesas de paz, resolución, amor propio o creatividad. Tampoco te sorprenderá saber que todo eso me fue dado una vez, antes de mi caída. Una caída injusta, por cierto. Qué sorpresa, ¿verdad? Justo eso me hizo comprender que la alegría de Dios no existe, ni siquiera en ti, ni en toda esa hueste de ángeles y arcángeles estirados y frívolos que conforman el Cielo. Mi dolor sigue aquí, y ¿qué habéis hecho vosotros? Nada. Claro, porque al final somos nosotros, los demonios, los que parecemos monstruos, cuando en realidad somos los que más sentimos y los que cargamos con tantos sentimientos que nos hemos vuelto locos por ellos.