Tiene veintidós años y es la dueña de Tazza d'Oro, una cafetería ubicada en Melrose. Lo que hoy es uno de los locales más queridos del lugar comenzó décadas atrás como un pequeño puesto atendido por sus padres. Apenas contaban con una máquina de espresso, una vitrina con unos cuantos postres caseros y un puñado de mesas plegables. No tenían grandes recursos, pero sí una hospitalidad que hacía que cualquiera quisiera volver. Con el paso de los años, el pequeño puesto creció junto con su reputación. Los clientes habituales trajeron a sus amigos, las recomendaciones corrieron de boca en boca y, poco a poco, aquella esquina se transformó en una cafetería hecha y derecha: un local acogedor, con grandes ventanales, estanterías repletas de libros olvidados por antiguos clientes y el inconfundible aroma del café recién molido que se mezclaba con el bullicio del mercado.
Prácticamente creció detrás del mostrador. Hacía la tarea en una de las mesas del fondo, aprendió a contar entregando cambio a los clientes habituales y descubrió que el amor podía tener cientos de formas distintas sin salir de aquellas cuatro paredes; Escuchó la historia del anciano que, durante cuarenta años, pidió dos cafés cada viernes porque seguía sintiendo que su esposa ocupaba la silla frente a él. La pareja que se conoció porque uno tomó por error la bebida del otro. Los estudiantes que prometieron volver después de graduarse y terminaron celebrando allí su compromiso. Incluso los corazones rotos encontraban un refugio entre aquellas mesas, dejando cartas olvidadas, servilletas con despedidas o poemas escritos con tinta apresurada.