La obsidiana rechino al resbalarse por el suelo. El dios finalmente se presentó, saliendo de las sombras y manifestándose como un ente frente a aquel de ojos aguamarina. Su sonrisa permanecía, ese semblante soberbio y audaz que se manifestaba en formas asimétricas del humo que los rodeaba y que no se disipaba tan fácilmente, en cambio, se arremolinó alrededor de él, subiendo por sus manos y desapareciendo en el espejo de obsidiana que se ocultaba bajo la ropa.
Sus ojos lo recorrieron, y poco después, sonrió, mostrando aquellos colmillos dignos de un jaguar.
━━━━ Siempre tan cálido en tus saludos. ━━━━ Su voz fue baja, suave, ronroneando con cinismo a través de las sílabas. Ignoró deliberadamente el comentario sobre el olor, aunque una ceja se alzó con ligera diversión. El humo se disolvió, volviendo a su portador. ━━━━ Pensé que después de tantos siglos seguirías intentando matarme apenas apareciera. Debo admitir que verte apoyado en una columna en lugar de lanzarme una lanza es… decepcionante.
Sus pasos fueron tranquilos, medidos, resonando apenas contra el suelo antiguo mientras se acercaba un poco más. Cuando notó el gesto ambiguo del abrazo, su sonrisa se amplió apenas un poco más, como si aquello fuera un espectáculo particularmente entretenido.
━━━━ ¿Un abrazo, hermano? Qué generoso te has vuelto, por no decir, patético. Y pensar que hace unos siglos habrías preferido arrancarme el corazón.