SoyLukeThorson
La lluvia fina de la tarde se mezclaba con el sudor y el polvo en el rostro de Luke, quien caminaba por la acera de una avenida cualquiera, con la capucha de la sudadera levantada y las manos hundidas en los bolsillos. Habían pasado ya varios días desde el mensaje de su padre y el caótico encuentro en Berlín, y el peso de todo finalmente lo había alcanzado.
Se sentía completamente agotado. La mitad del poder de Thor vibraba bajo su piel como un recordatorio constante de una responsabilidad que le quedaba gigante, mientras que el rastro de Jack parecía haberse enfriado por completo tras la retirada de la Habitación Roja. A sus diecisiete años, Luke sentía que el universo le exigía actuar como un dios invencible, cuando por dentro solo era un chico que extrañaba los abrazos de su padre y la seguridad de la vida que una vez conoció.
Se detuvo frente al escaparate apagado de una tienda, observando su propio reflejo borroso. Sus ojos azules, usualmente brillantes de energía, se veían opacos, cargados de una profunda melancolía. La tentación de simplemente dejarse caer en la acera y rendirse, de apagar la tormenta en sus venas y dejar que el mundo siguiera girando sin él, nunca había sido tan fuerte. Estaba cansado de pelear una guerra en la que parecía estar perdiendo a todos los que amaba.
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Luke sintió un vuelco en el corazón al escuchar esas palabras. La máscara de Ilya finalmente se estaba agrietando, dejando ver al verdadero Jack atrapado debajo de todo ese condicionamiento. No le importó la lluvia que seguía empapándolos ni el frío de la calle; en ese momento, el universo entero se reducía a ellos dos.
—Está bien. Te lo voy a contar todo de forma directa —dijo Luke, tragando saliva para aclarar su voz—. Tu nombre real es Jack Spencer. Naciste en la Tierra y, antes de que esa maldita organización te atrapara, eras uno de los agentes de espionaje y operaciones encubiertas más valiosos de S.H.I.E.L.D. Trabajabas directamente con Nick Fury y bajo las órdenes de Skyler. Tu especialidad era infiltrarte en los lugares más peligrosos del mundo y desmantelar amenazas antes de que nadie se diera cuenta. Tenías una vida, tenías amigos y tenías una reputación intocable.
Luke hizo una breve pausa, buscando en los ojos de Jack cualquier chispa de reconocimiento mientras continuaba armando el rompecabezas.
— Tú y yo ibamos... Íbamos a casarnos. Hace unos meses, tú y yo tuvimos una última discusión muy fuerte aquí en la Tierra. Te marchaste enojado, sin avisar a dónde ibas, y esa misma noche la organización de la Habitación Roja te emboscó y te secuestró. Te torturaron con esa silla y esos electrodos para borrar tu memoria por completo, porque querían usar todas tus habilidades de espía a su favor sin que tus principios te lo impidieran. Te pusieron el nombre de Ilya Sokolov para convertirte en una de sus víctimas y obligarte a cometer esos ataques terroristas. S.H.I.E.L.D. no sabía que eras tú; pensaban que Sokolov era un monstruo nuevo, y por eso me mandaron a mí a detenerte en aquella fábrica en Siberia.
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La pregunta de Ilya golpeó a Luke directo en el pecho, pero esta vez no con dolor, sino con una ráfaga de esperanza tan intensa que casi lo hizo sonreír en medio de las lágrimas. El asgardiano soltó la lata por completo, olvidándose del asfalto, de la lluvia y del mundo que los rodeaba.
—Soy Luke —dijo, con la voz temblorosa, dejando que un suspiro de alivio se escapara de sus labios—. Soy el idiota que se metía en problemas solo para que me regañaras. Soy la persona a la que le prometiste que veríamos el mundo arder juntos antes de dejar que te controlaran.
Luke pulgarizó con suavidad una de las gotas de lluvia en la mejilla de Jack, sosteniendo su mirada con una devoción absoluta, mostrándole cada pedazo de su alma sin esconder nada.
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Un temblor recorrió el cuerpo de Luke, pero esta vez no fue por el frío de la lluvia ni por la electricidad de sus poderes. Fue el impacto de esa frase, de ese tono burlón tan jodidamente familiar que creía perdido para siempre.
Se quedó congelado, con la boca entreabierta, viendo cómo el rostro de Jack volvía a cerrarse en esa máscara fría de espía. Pero ya era tarde. El golpe ya estaba dado. Las lágrimas que Luke había estado aguantando durante toda la tarde finalmente se mezclaron con las gotas de agua que le resbalaban por las mejillas. No le importó verse débil, ni que tuviera diecisiete años y el peso de un dios encima; en ese segundo, volvió a ser solo el chico que extrañaba con locura a su prometido.
Sin pensarlo, Luke se agachó rápidamente, quedando a la misma altura de Jack sobre el asfalto mojado. Sus manos se adelantaron a las del espía, atrapando la lata antes de que él pudiera levantarla, pero no la soltó. En lugar de eso, dejó que sus dedos rozaran los de Jack, buscando desesperadamente ese contacto real.
Levantó la mirada, clavando sus ojos azules, brillantes por las lágrimas y por una chispita de esperanza renovada, directamente en los de él. Toda la idea de rendirse, todo el cansancio de los días anteriores y el peso del descanso de su padre le habían ganado.
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